Vivimos en un mundo donde el sufrimiento no es una posibilidad.
Es una certeza.
Y cuando el dolor llega, la pregunta no tarda en aparecer:
¿tiene sentido todo esto si Dios es soberano?
Un problema que no se resuelve con teoría
Desde una perspectiva cristiana, la explicación inicial parece clara:
el mundo está caído.
El sufrimiento existe por causa del pecado.
Pero esa respuesta, aunque verdadera, no siempre es suficiente.
No cuando el dolor es cercano.
No cuando es prolongado.
No cuando parece absurdo.
Ahí es donde la pregunta cambia:
no solo por qué sufrimos,
sino cómo encaja ese sufrimiento en un mundo gobernado por Dios.
La tensión: soberanía y sufrimiento
En El sufrimiento y la soberanía de Dios, editado por John Piper y Justin Taylor, varios autores abordan precisamente esta tensión.
No desde la distancia.
Sino desde la experiencia.
Este no es un libro escrito para ganar un debate.
Es un libro escrito por personas que han sufrido, para personas que sufren.
Y eso cambia el tono.
Un punto de partida incómodo
El libro parte de una afirmación difícil de ignorar:
Dios es soberano sobre todas las cosas.
No sobre algunas.
No solo sobre lo bueno.
Sobre todo.
Eso incluye:
- el mal natural
- el mal moral
- incluso aquello que no entendemos
Aquí es donde la tensión aparece con más fuerza.
Porque si Dios es soberano, entonces el sufrimiento no es accidental.
Lo que esto no significa
Antes de avanzar, es importante aclarar algo.
Afirmar la soberanía de Dios sobre el sufrimiento:
- no trivializa el dolor
- no niega la responsabilidad humana
- no convierte el mal en algo bueno en sí mismo
Pero sí afirma algo más profundo:
que el sufrimiento no está fuera del control de Dios.
El propósito en medio del dolor
Uno de los énfasis del libro es que el sufrimiento, aunque no siempre es comprensible, no es inútil.
Dios no solo permite el sufrimiento.
Lo utiliza.
A veces para:
- formar carácter
- profundizar la fe
- redirigir la vida
- o incluso avanzar su misión
Esto no elimina el dolor.
Pero sí introduce propósito.
No todos sufrimos igual
Hay una observación que me parece especialmente importante:
nadie sufre en general.
Cada persona sufre de manera particular.
Eso hace que cualquier respuesta simplista resulte insuficiente.
No se puede hablar del sufrimiento como si fuera una categoría abstracta.
Siempre tiene nombre, historia y contexto.
Lo que Dios concede en el sufrimiento
Si hay un hilo que atraviesa todo el libro, es este:
Dios no solo gobierna el sufrimiento.
Se hace presente en él.
No necesariamente eliminándolo,
pero sí sosteniendo a quien lo atraviesa.
La gracia de Dios no siempre evita el dolor.
Pero sí evita que el dolor sea el final.
Una fe que no evita la realidad
Este tipo de reflexión no hace que el sufrimiento desaparezca.
Pero sí evita dos errores comunes:
- pensar que todo es caos
- o pensar que todo es simple
El cristianismo no ofrece una explicación que elimine el misterio.
Ofrece algo distinto:
una manera de atravesarlo sin perder el sentido.
La pregunta que permanece
Al final, el problema del sufrimiento no es solo intelectual.
Es existencial.
No se trata solo de entenderlo.
Se trata de vivirlo.
Y ahí es donde la afirmación de la soberanía de Dios deja de ser una doctrina abstracta y se convierte en algo mucho más exigente:
una confianza que se prueba precisamente cuando no entendemos.
Nota
Este artículo está basado en una versión previa publicada en Coalición por el Evangelio.
