Al inicio de mi conversión al cristianismo di por sentado que la Biblia era la Palabra de Dios, entiendo que fue por fe.
Después de un tiempo, sabía cómo defenderla. Podía explicar su confiabilidad, hablar del canon, de la transmisión textual, de los argumentos históricos. Tenía respuestas.
Pero había una pregunta más profunda que no terminaba de asentarse: ¿cómo sé, con certeza, que la Biblia es realmente la Palabra de Dios?
No cómo argumentarlo.
Cómo saberlo.
Un billete que se autentica solo
En el 2011, Perú introdujo nuevas medidas de seguridad en sus billetes. Detalles casi imperceptibles que permitían distinguir uno auténtico de uno falso.
Lo interesante es que el billete no dependía de que alguien supiera reconocer esos detalles para ser verdadero. Su autenticidad no venía de fuera.
Estaba en él mismo.
No necesitaba validación externa.
Era lo que era.
Esa imagen volvió a mi mente al leer Una gloria peculiar de John Piper.
La propuesta de Piper
En este libro, Piper plantea una idea que, aunque conocida en el plano teológico, no siempre es asumida en el plano cotidiano de la vida:
La Biblia se autentica a sí misma.
No simplemente porque tenga coherencia interna o respaldo histórico. Sino porque posee una gloria única.
Una gloria que no es genérica ni intercambiable.
Una gloria con contenido, con forma y con centro:
La persona de Jesucristo.
El límite de los argumentos
Esto reordena el punto de partida.
Porque entonces la pregunta ya no es solo:
¿tengo suficientes argumentos para creer en la Biblia?
Sino algo más incisivo:
¿estoy viendo lo que la Biblia realmente muestra?
Durante mucho tiempo pensé que la certeza de mi fe descansaba, en gran parte, en la solidez de los argumentos que podía articular. Y esos argumentos importan. Piper mismo dedica buena parte del libro a explicar el canon, la historia del texto y su confiabilidad.
Pero hay una limitación evidente.
La mayoría de las personas no tiene acceso a ese nivel de formación.
Ni el tiempo.
Ni el interés técnico.
Y, sin embargo, la fe cristiana no está diseñada solo para quienes pueden sostener una defensa sofisticada.
Siguiendo la línea de Jonathan Edwards, Piper apunta a algo más profundo:
la certeza de que la Biblia es la Palabra de Dios descansa en percibir su gloria.
Ver, no solo entender
Aquí el problema deja de ser únicamente intelectual.
Se vuelve perceptual.
Es posible leer la Biblia, estudiarla, incluso enseñarla… y no ver.
No porque no haya nada que ver, sino porque hay algo que lo impide.
La obra del Espíritu Santo
Piper usa una imagen sencilla.
Un día nublado. El sol está ahí, brillando con toda su intensidad, pero cubierto por nubes densas. No es que el sol no exista. Es que no lo estás viendo.
Cuando el viento despeja las nubes, no “creas” el sol.
Simplemente lo ves.
Así describe la obra del Espíritu Santo:
no añade algo externo a la Escritura.
Quita lo que impide verla.
Más que una afirmación, una realidad
Esto redefine incluso cómo entiendo afirmaciones como:
“La Biblia es verdadera, inspirada y sin error”.
No son solo proposiciones que debo aceptar.
Son descripciones de una realidad que, cuando es vista, se impone por sí misma.
Como un tapiz cuya belleza no depende de que alguien la defienda, sino de que alguien la contemple.
Piper lo expresa de forma contundente:
“Yo no sostengo meramente un punto de vista de las Escrituras. Soy sostenido por ellas.”
La pregunta correcta
Hoy lo entiendo mejor.
La Biblia no está esperando que yo la valide.
Si es la Palabra de Dios, lo es con o sin mí.
La pregunta real no es si ella tiene suficiente evidencia.
La pregunta es otra:
¿estoy viendo su gloria… o todavía hay nubes que no me dejan verla?
Nota
Este artículo está basado en una versión previa publicada en Coalición por el Evangelio.
